RPE (epitelio pigmentario)

Introducción

El epitelio pigmentario de la retina, o RPE por sus siglas en inglés, es una de las estructuras más importantes y menos visibles del ojo. Aunque no suele mencionarse en conversaciones cotidianas sobre salud visual, su función es esencial para que la retina convierta la luz en visión útil. Cuando el RPE se altera, pueden aparecer enfermedades tan frecuentes y relevantes como la degeneración macular asociada con la edad, ciertas distrofias hereditarias, retinopatías inflamatorias y secuelas de diversos procesos tóxicos, vasculares o traumáticos. En la práctica oftalmológica, gran parte del valor de la tomografía de coherencia óptica, u OCT, radica justamente en permitirnos estudiar con gran detalle esta interfaz crítica entre la retina neurosensorial y la coroides.

En Argentina, el estudio del RPE tiene especial importancia por dos razones. Primero, porque la demanda de atención por patologías maculares y retinianas aumenta con el envejecimiento poblacional y con la mayor supervivencia de pacientes con enfermedades crónicas. Segundo, porque las condiciones de acceso a controles oftalmológicos, al fondo de ojo con dilatación pupilar y a estudios de alta complejidad como la OCT pueden variar de manera importante entre el sistema público, las obras sociales y las prepagas, además de diferir entre grandes centros urbanos y regiones con menor disponibilidad de subespecialistas. Comprender qué es el epitelio pigmentario, cómo se enferma y cómo se estudia permite reconocer síntomas a tiempo, orientar una derivación adecuada y evitar retrasos diagnósticos que pueden traducirse en pérdida visual irreversible.

Este artículo ofrece una revisión académica y clínica del RPE en español, con énfasis en anatomía, función, manifestaciones clínicas, diagnóstico con OCT y otras pruebas complementarias, tratamiento y prevención. El objetivo es que el lector entienda por qué una lesión aparentemente “pequeña” en esta capa celular puede tener consecuencias visuales desproporcionadas y por qué su evaluación requiere una mirada especializada.

Conceptos y anatomía relevantes

El epitelio pigmentario de la retina es una monocapa de células hexagonales altamente especializadas ubicada entre los fotorreceptores de la retina y la membrana de Bruch, que a su vez se relaciona con la coroides. Esta posición anatómica le otorga una función estratégica: actúa como interfaz metabólica, barrera selectiva y sostén funcional para los conos y bastones. El RPE contiene melanina, lo que ayuda a absorber luz dispersa y reduce el estrés fotooxidativo; además, participa en la regeneración del ciclo visual de la vitamina A, indispensable para que los fotorreceptores recuperen su sensibilidad después de la exposición lumínica.

Su fisiología es compleja. El RPE fagocita los segmentos externos desgastados de los fotorreceptores todos los días, recicla componentes lipídicos y proteicos, transporta agua e iones, mantiene la barrera hematorretiniana externa y secreta factores tróficos esenciales para la supervivencia retinal y coroidea. Esta función no es estática: depende de un equilibrio delicado entre metabolismo oxidativo, integridad de la membrana de Bruch, perfusión coroidea y estado inflamatorio local. Cuando ese equilibrio se rompe, el resultado puede ser acumulación de material subretiniano, atrofia, desprendimiento del RPE, fuga de líquido o formación de neovasos coroideos.

La OCT ha cambiado de manera radical la evaluación de esta región. En condiciones normales, el RPE se visualiza como una banda hiperrreflectiva continua en la tomografía, situada por debajo de la línea de los segmentos externos de los fotorreceptores. Alteraciones como irregularidad, elevación, adelgazamiento, depósitos hiperreflectivos, desprendimientos del epitelio pigmentario o pérdida de esa banda orientan el diagnóstico de múltiples entidades. Por eso, cuando hablamos de “epitelio pigmentario” en clínica, no nos referimos solo a una capa histológica, sino a una unidad funcional cuya alteración puede detectarse antes de que la agudeza visual disminuya de forma manifiesta.

Epidemiología y contexto en Argentina

No existe una sola epidemiología del RPE, porque el epitelio pigmentario no es una enfermedad en sí misma sino una estructura involucrada en múltiples patologías. Su relevancia clínica se expresa a través de enfermedades como la degeneración macular asociada con la edad, las coriorretinopatías, las distrofias hereditarias del complejo retina–RPE y las secuelas de inflamación ocular, toxicidad farmacológica o traumatismo. En términos de salud pública, el impacto es considerable porque varias de estas entidades afectan la visión central, comprometen la lectura, el reconocimiento facial y la conducción, y tienen una carga funcional desproporcionada sobre la autonomía del paciente.

En Argentina, la información epidemiológica específica sobre alteraciones del RPE suele ser heterogénea y fragmentaria, con mayor disponibilidad de series institucionales que de registros nacionales uniformes. Por ello, conviene ser prudentes al interpretar cifras aisladas. Lo que sí es consistente en la práctica diaria es que las enfermedades maculares y retinianas representan una proporción creciente de las consultas en centros especializados, especialmente en adultos mayores. La mayor esperanza de vida, el control más prolongado de comorbilidades sistémicas y la mejor accesibilidad a la OCT en centros de referencia hacen que se detecten más lesiones del complejo RPE–retina que hace una o dos décadas.

A nivel local también deben considerarse factores ambientales y conductuales. La exposición a radiación ultravioleta es relevante en un país con alta insolación en numerosas regiones y con variabilidad geográfica importante. Aunque el rol exacto de la luz en cada patología es diferente, la fotoprotección razonable forma parte de la prevención general. En paralelo, la elevada exposición a pantallas no “daña” por sí sola el RPE de manera demostrada en la mayoría de las personas, pero sí incrementa la demanda visual y puede hacer más evidente la visión borrosa o la metamorfopsia en pacientes con enfermedad macular subyacente. En pediatría, las enfermedades del RPE son menos frecuentes, pero cuando aparecen, suelen tener un componente genético o inflamatorio que exige evaluación temprana en centros con experiencia.

Etiología y factores de riesgo

Las causas de enfermedad del RPE pueden agruparse de manera útil en varios grandes mecanismos. El primero es el degenerativo y relacionado con la edad. En este grupo, el estrés oxidativo acumulado, la disfunción mitocondrial, la alteración del transporte transmembrana y las modificaciones de la membrana de Bruch contribuyen a la pérdida funcional del epitelio pigmentario. Este mecanismo es central en la degeneración macular asociada con la edad, tanto en su forma seca como en la neovascular.

El segundo gran grupo es el inflamatorio o inmunomediado. Uveítis posterior, coriorretinitis, entidades como la coroidopatía serpinginosa o ciertos síndromes inflamatorios pueden lesionar el RPE de manera directa o secundaria a alteraciones coroideas y subretinianas. Aquí, el epitelio pigmentario puede mostrar hiperautofluorescencia, atrofia parcheada, depósitos y cambios en la arquitectura externa retinal. El tercer grupo es el mecánico o traccional, donde membranas epirretinianas, tracción vítreomacular, desprendimientos de retina y neovascularización pueden distorsionar o separar el RPE de las capas vecinas.

También existen causas tóxicas y iatrogénicas. Algunos fármacos, especialmente cuando se usan durante años o en dosis acumuladas elevadas, pueden alterar la retina y el RPE; entre los ejemplos clásicos se incluyen la hidroxicloroquina y ciertos agentes menos frecuentes según la población. En estos casos, la detección precoz mediante examen oftalmológico y estudios funcionales o estructurales es crucial porque el daño puede ser parcialmente prevenible. Por otro lado, las distrofias hereditarias, como la enfermedad de Stargardt, la mejor conocida como fundus flavimaculatus, y otras distrofias del epitelio pigmentario, suelen manifestarse en edades más tempranas y tienen un componente genético definido.

Los factores de riesgo varían según la entidad. En adultos mayores, la edad avanzada, el tabaquismo, la historia familiar y las comorbilidades cardiovasculares son especialmente relevantes para patologías maculares asociadas al RPE. En cuadros hereditarios, el antecedente familiar y la consanguinidad pueden orientar. En niños y adultos jóvenes, la aparición de síntomas del complejo RPE debe hacer pensar en enfermedades genéticas, inflamatorias o exudativas poco comunes. En todos los grupos, la existencia de diabetes, hipertensión arterial, obesidad, dislipidemia y enfermedad cardiovascular puede empeorar el entorno microvascular y retiniano, aunque no expliquen por sí solos una lesión específica del RPE.

Manifestaciones clínicas

Las manifestaciones clínicas dependen de la enfermedad subyacente, pero suelen compartir algunos rasgos. El síntoma más común es la disminución de la visión central o la percepción de visión borrosa, especialmente para la lectura. Otro síntoma muy orientador es la metamorfopsia, es decir, la distorsión de las líneas rectas, que sugiere compromiso macular y alteración de la arquitectura foveal. También pueden aparecer escotomas centrales o paracentrales, dificultad para reconocer rostros, cambios en la sensibilidad al contraste y, en algunos casos, alteración en la percepción del color.

Desde el punto de vista del examen, el oftalmólogo puede encontrar drusas, áreas de atrofia, alteraciones pigmentarias, desprendimientos del epitelio pigmentario, exudados, hemorragias subretinianas o signos de neovascularización coroidea. En algunas enfermedades inflamatorias o hereditarias, el fondo de ojo puede mostrar lesiones más sutiles que requieren multimodalidad diagnóstica. La OCT, la autofluorescencia y, cuando corresponde, la angiografía, suelen revelar cambios más precoces que la biomicroscopía sola.

Los signos clínicos también ayudan a distinguir un problema del RPE de una enfermedad puramente corneal, lenticular o neuro-oftalmológica. La visión borrosa por catarata suele ser más difusa y sin metamorfopsia marcada; en cambio, el compromiso macular ligado al RPE frecuentemente causa lectura lenta, imagen “ondulada” o dificultad para fijar detalles finos. En pacientes con síntomas bilaterales y progresivos, la sospecha de una enfermedad degenerativa del complejo retina–RPE debe ser alta.

Red flags que justifican evaluación urgente incluyen pérdida súbita de visión, aparición aguda de metamorfopsia intensa, fotopsias con “moscas volantes” nuevas y abundantes, sensación de cortina o sombra periférica, dolor ocular con disminución visual, y cualquier disminución visual rápida en pacientes inmunosuprimidos, con antecedentes de infección ocular o con uso de fármacos potencialmente tóxicos para la retina. Estos escenarios requieren atención oftalmológica pronta porque pueden corresponder a desprendimiento de retina, neovascularización activa, inflamación severa o hemorragia subretiniana.

Diagnóstico y pruebas

El diagnóstico del compromiso del epitelio pigmentario comienza con una historia clínica cuidadosa. Es importante caracterizar inicio, lateralidad, progresión, presencia de metamorfopsia, antecedentes familiares, uso de medicación sistémica, comorbilidades, traumatismos, inflamación ocular previa y exposición a sustancias o fármacos retinotóxicos. En Argentina, como en otros sistemas de salud, no siempre es posible acceder de inmediato a todos los estudios; por eso, una buena anamnesis y un fondo de ojo bien realizado siguen teniendo un valor enorme para priorizar derivaciones y decidir qué prueba complementaria es verdaderamente necesaria.

El examen oftalmológico debe incluir agudeza visual, refracción si corresponde, biomicroscopía de segmento anterior, presión intraocular y fondo de ojo con dilatación pupilar. La evaluación del polo posterior puede complementarse con fotografía de color, autofluorescencia y OCT macular. La OCT es particularmente útil porque permite analizar la relación entre el RPE, los fotorreceptores y la membrana de Bruch en cortes de alta resolución. En la práctica, la tomografía puede mostrar desprendimientos del epitelio pigmentario, pérdidas focales de la banda del RPE, material subretiniano, fluido intrarretiniano o subretiniano, y cambios en la línea elipsoide de los fotorreceptores. Interpretar estos hallazgos exige correlación con síntomas, examen y contexto clínico, porque no toda irregularidad del RPE implica enfermedad activa.

La autofluorescencia fundus también es muy valiosa, ya que refleja la distribución de lipofuscina y otros fluoróforos relacionados con el metabolismo del RPE. En áreas de hiperautofluorescencia suele haber RPE estresado o en transición hacia atrofia, mientras que la hipoautofluorescencia puede representar pérdida celular o cicatriz. La angiografía con fluoresceína o con verde de indocianina se reserva para situaciones específicas, como sospecha de neovascularización coroidea, coroidopatías o diagnósticos diferenciales complejos. En la atención real, estas pruebas se solicitan según disponibilidad y pregunta clínica concreta, no como rutina indiscriminada.

Cuando la sospecha es hereditaria, el estudio genético puede ser apropiado, especialmente en niños, adultos jóvenes o familias con varios afectados. Sin embargo, su interpretación debe hacerse en contexto, porque la identificación de una variante genética no siempre modifica de inmediato la conducta clínica. En casos seleccionados, los campos visuales, la electrorretinografía y la prueba de adaptación a la oscuridad pueden aportar información funcional adicional.

Tratamiento y manejo

El manejo de las enfermedades del RPE depende completamente de la causa. No existe un tratamiento único para “arreglar” el epitelio pigmentario, porque su alteración es la vía final común de múltiples patologías. En términos generales, la estrategia debe combinar educación del paciente, seguimiento estructurado, tratamiento de la enfermedad de base y, cuando corresponde, terapias específicas para preservar visión.

En patologías degenerativas como la degeneración macular asociada con la edad, el tratamiento puede incluir suplementación nutricional en perfiles seleccionados según evidencia de ensayos clínicos, cese del tabaquismo, control vascular y monitoreo periódico. Si aparece neovascularización coroidea, el tratamiento estándar son las inyecciones intravítreas antiangiogénicas, que en centros argentinos suelen estar disponibles mediante obras sociales, prepagas o programas institucionales, aunque los tiempos de autorización pueden influir en el pronóstico. La adherencia al seguimiento es crítica, porque el éxito depende de tratar a tiempo la actividad exudativa y no solo de administrar una inyección aislada.

En enfermedades inflamatorias, el control del proceso causal es esencial. Dependiendo de la etiología, pueden utilizarse corticoides, inmunomoduladores o tratamiento antimicrobiano específico. El objetivo no es “mejorar la OCT” como un fin en sí mismo, sino apagar la inflamación para evitar cicatriz, atrofia o fibrosis subretiniana. En toxicidad por fármacos, la conducta principal es la detección precoz y la revisión del tratamiento sistémico junto con el médico prescriptor. La suspensión o ajuste del medicamento debe decidirse de forma interdisciplinaria, ya que el beneficio ocular debe equilibrarse con el riesgo sistémico.

En distrofias hereditarias, el manejo suele centrarse en rehabilitación visual, seguimiento, asesoramiento genético y, en algunos casos, acceso a terapias emergentes o ensayos clínicos. La educación familiar es fundamental, especialmente cuando hay niños o adolescentes afectados. En todo caso, el paciente debe comprender que no siempre existe una cura, pero sí pueden implementarse medidas para preservar función visual, detectar complicaciones y mejorar calidad de vida.

La realidad argentina obliga a considerar la accesibilidad. Muchos pacientes llegan al subespecialista tras una secuencia de derivaciones desde clínica médica, medicina general o un oftalmólogo general. Ese circuito no es necesariamente negativo si se hace con criterio, pero puede retrasar el diagnóstico si no se identifican las señales de alarma. Por eso, la coordinación entre niveles de atención y la disponibilidad de OCT en centros de derivación son claves. En la práctica, favorecer turnos prioritarios para metamorfopsia súbita, disminución visual central o sospecha de neovascularización puede cambiar el pronóstico.

Cirugía (si aplica)

La cirugía no actúa directamente sobre el RPE como si se tratara de una estructura aislada, pero sí es relevante en varias enfermedades que lo afectan secundaria o mecánicamente. Por ejemplo, el desprendimiento de retina requiere reparación quirúrgica para restablecer la anatomía retinal y permitir que el RPE vuelva a cumplir su función de sostén y bombeo. Del mismo modo, algunas membranas epirretinianas o tracciones vítreomaculares con compromiso funcional importante pueden beneficiarse de vitrectomía en casos seleccionados. En la neovascularización coroidea asociada a hemorragias masivas o complicaciones específicas, también pueden considerarse intervenciones quirúrgicas o procedimientos combinados, aunque la mayor parte de los casos actuales se manejan con terapias intravítreas.

La planificación preoperatoria se apoya en OCT, examen de retina periférica, evaluación del cristalino y análisis de la función visual esperable. El objetivo no es solo “pegar” la retina o aliviar la tracción, sino maximizar la probabilidad de recuperación funcional. En pacientes con atrofia avanzada del RPE, el resultado visual puede ser limitado aun cuando la anatomía se restablezca, y esto debe explicarse con claridad antes de operar.

Las complicaciones incluyen catarata posvitrectomía, aumento o disminución de la presión intraocular, recurrencia de membranas o desprendimiento, hemorragia y, en ciertos contextos, proliferación o cicatrización subretiniana. La mitigación de estos riesgos depende de la técnica, la selección del caso y el seguimiento posoperatorio. En Argentina, el acceso quirúrgico suele ser bueno en centros de referencia públicos y privados, pero la oportunidad de la indicación y la continuidad del control siguen siendo determinantes.

Complicaciones, pronóstico y calidad de vida

Las complicaciones de la enfermedad del RPE derivan de la pérdida de la función de soporte y reciclaje que esta capa ejerce sobre los fotorreceptores. Cuando el RPE falla, la retina externa se vuelve vulnerable a la degeneración, al desprendimiento o a la neovascularización. El pronóstico depende de la causa, la extensión, la rapidez de instauración y el momento del diagnóstico. Algunas alteraciones son relativamente estables durante años; otras evolucionan hacia atrofia geográfica, fibrosis o pérdida visual significativa.

Desde el punto de vista funcional, el impacto sobre la calidad de vida puede ser considerable incluso antes de que la agudeza visual medida en cartel se vea gravemente comprometida. Leer, reconocer caras, cocinar, manejar dinero, usar pantallas y conducir pueden volverse actividades difíciles. En adultos mayores, esto se asocia con pérdida de independencia y mayor riesgo de aislamiento social. En personas en edad laboral, la enfermedad del RPE puede afectar productividad y desempeño en tareas de precisión visual. En niños y adolescentes, el impacto escolar puede ser importante, y el diagnóstico temprano permite adaptar materiales, aumentar contraste y activar recursos de rehabilitación visual cuando sea necesario.

Prevención y salud pública (Argentina-oriented)

La prevención no siempre puede evitar una enfermedad del RPE, pero sí puede reducir complicaciones y retrasos diagnósticos. En la práctica argentina, la primera medida es promover consultas oftalmológicas periódicas en adultos mayores y en personas con antecedentes familiares de enfermedad macular o distrofias retinianas. La educación sobre metamorfopsia, visión central borrosa y escotomas es esencial, porque muchos pacientes consultan tarde al atribuir los síntomas al cansancio o al uso de anteojos.

La protección solar razonable, con lentes adecuados para radiación UV, tiene sentido como medida general de salud ocular, especialmente en regiones con alta exposición. El abandono del tabaquismo es probablemente una de las intervenciones preventivas más sólidas en patología macular degenerativa. También es importante optimizar diabetes, hipertensión y dislipidemia, no porque estas causas definan el RPE por sí solas, sino porque el entorno vascular y metabólico influye sobre la retina y la coroides.

En salud pública, conviene reforzar los canales de derivación desde atención primaria, guardias y consultorios generales hacia oftalmología cuando exista pérdida visual no corregible con anteojos, metamorfopsia o sospecha de patología macular. El sistema público, las obras sociales y las prepagas ofrecen distintas vías de acceso, pero el principio clínico debe ser el mismo: una alteración del RPE en OCT o en fondo de ojo merece evaluación especializada oportuna.

Tendencias emergentes y líneas de investigación

La investigación sobre el RPE es muy activa. Una de las líneas más prometedoras es el desarrollo de terapias celulares, incluyendo reemplazo de células del epitelio pigmentario derivadas de células madre. Aunque algunos resultados iniciales son alentadores, estas estrategias siguen siendo en gran medida experimentales y no forman parte del tratamiento estándar general. Otra línea fuerte es la terapia génica para distrofias hereditarias, que busca corregir defectos moleculares específicos antes de que el daño estructural sea irreversible.

En diagnóstico, la OCT de alta resolución, la OCT angiografía y la autofluorescencia cuantitativa están refinando la forma en que medimos daño y progresión del RPE. También avanzan los biomarcadores de imagen que predicen evolución funcional mejor que la inspección clínica aislada. En degeneración macular y enfermedades relacionadas, el futuro probablemente esté en la estratificación de riesgo individual, la combinación de terapias y el seguimiento más personalizado.

Es importante separar lo establecido de lo emergente. Hoy, la OCT, la exploración clínica y las terapias validadas por ensayos clínicos continúan siendo la base del manejo. Las tecnologías nuevas son prometedoras, pero no deben presentarse como soluciones definitivas fuera de protocolos adecuados y centros con experiencia.

Conclusiones

El epitelio pigmentario de la retina es una estructura central para la visión y un sitio clave de múltiples enfermedades oculares. Su alteración puede producir síntomas sutiles al inicio, pero también pérdidas visuales severas si no se reconoce a tiempo. La OCT ha transformado su estudio al permitir visualizar cambios estructurales con gran precisión, complementando al examen de fondo de ojo y a otras pruebas multimodales. En Argentina, donde el acceso a subespecialistas y estudios de alta complejidad puede variar, la educación del paciente y la derivación temprana tienen un valor especial. Entender el RPE no solo ayuda a interpretar imágenes, sino también a prevenir discapacidad visual mediante diagnóstico oportuno, tratamiento adecuado y seguimiento continuo.

Aviso breve: este artículo tiene fines educativos y no reemplaza una consulta oftalmológica. Si usted presenta disminución visual, distorsión de las líneas, manchas nuevas o pérdida súbita de visión, debe ser evaluado por un profesional. En Argentina puede consultar por el sistema público, obras sociales o prepagas, idealmente con oftalmología general y, si corresponde, derivación a retina.

Preguntas Frecuentes

  • ¿Qué es exactamente el epitelio pigmentario de la retina?
    Es una capa de células que sostiene y protege a los fotorreceptores, participa en el reciclaje visual y ayuda a mantener la barrera entre la retina y la coroides. Cuando se altera, pueden aparecer enfermedades maculares o retinianas con impacto importante en la visión central.

  • ¿La OCT permite ver el RPE con claridad?
    Sí. La OCT es una de las mejores herramientas para estudiar el epitelio pigmentario porque muestra su continuidad, grosor relativo, desprendimientos, irregularidades y depósitos subretinianos. Sin embargo, la interpretación siempre debe correlacionarse con síntomas y examen clínico.

  • ¿Cuándo debo consultar de urgencia?
    Debe consultar de urgencia si presenta pérdida súbita de visión, metamorfopsia intensa de inicio reciente, “cortina” o sombra visual, muchas moscas volantes nuevas, destellos frecuentes o dolor ocular con baja visual. Estos signos pueden corresponder a patología retinal potencialmente grave.

  • ¿El daño del RPE siempre es irreversible?
    No siempre. Algunas lesiones inflamatorias o tóxicas pueden estabilizarse si se detectan temprano y se trata la causa. Sin embargo, cuando existe atrofia extensa o fibrosis, la recuperación visual suele ser limitada, por lo que el diagnóstico precoz es fundamental.

  • ¿Los síntomas son iguales en niños y adultos?
    No necesariamente. En adultos mayores son más frecuentes los síntomas maculares como visión borrosa central y metamorfopsia. En niños o adultos jóvenes, un problema del RPE suele sugerir causas hereditarias, inflamatorias o menos comunes, por lo que suele requerir evaluación especializada más temprana.

  • ¿Ver líneas onduladas significa siempre un problema del epitelio pigmentario?
    No siempre, pero es una señal de alarma macular. La metamorfopsia puede deberse a alteraciones del RPE, de la retina neurosensorial o a tracción vítreoretiniana. Por eso debe evaluarse con examen de fondo de ojo y, con frecuencia, OCT.

  • ¿Hay tratamiento para “regenerar” el RPE?
    En la práctica clínica habitual, no existe todavía un tratamiento universal que regenere por completo el RPE dañado. Hay terapias específicas según la causa, como antiangiogénicos, antiinflamatorios o manejo quirúrgico de complicaciones, y además hay investigación avanzada en células madre y terapia génica, pero siguen siendo áreas en desarrollo.

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Redacción UNO

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